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Nunca más a las ocho

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RR Train, Great Britain. The Library of Congress (Flickr)

 

A duras penas, conseguí detenerme sin chocar contra uno de los últimos vagones. Salta, pensé, engánchate a la puerta. Pero no, sentí miedo en el último momento. Volví la cabeza buscando el reloj: las ocho y algunos segundos. ¿Qué pasa?¿Por qué, otra vez, esta puntualidad? Busqué con la mirada en el extremo del andén y, sí, allí estaba el uniforme del jefe de la estación habitado hoy por un extraño. Desprecié su mirada entre burlona y severa. No quiero oírte. Di media vuelta, entré en la sala de espera, la crucé y salí. Descompuesto, subí el desnivel de más de diez metros que separa la calle de la estación de la carretera general, resbalando, gateando, agarrándome a los arbustos. Era una mañana fresca, había llovido  y las ramas mojadas me despeinaban y me empapaban el rostro. Mejor, así nadie verá que lloro. La parada del autobús está cerca. Si tengo suerte aún llego a tiempo al instituto. Menos mal que llevo algo de dinero para el bocadillo, porque el tren es más barato. Si no, a ver que hubiera hecho. Qué rabia.

 

Tenía catorce años y la convicción de que éste sería un año importante en mi vida. Mi padre me miraba con orgullo y repetía: «Aprobarás el curso y la reválida. Ya verás. Vas a ser el primer bachiller de la familia» Y yo lo aceptaba con naturalidad porque, a esa edad y para mí, su autoridad estaba por encima de la del Papa de Roma. Por eso y porque me transmitía una seguridad que nunca he vuelto a sentir. Bachiller por Sama, pensaba yo como quien dice: «Bachiller por Salamanca».

Era un año importante, el primer empujón a la verja que había que abrir para escapar de la mina, de la dura tradición que se había comido la salud de mi padre, que se llevó la vida de mi abuelo. Era un año importante porque, hasta ahora, yo había cumplido el compromiso que había entre nosotros. Al finalizar el primer curso, se lo pedí. Papá, quiero ir al instituto, al de verdad.

Estudiaba en el Colegio Libre Adoptado (C.L.A.) de Laviana dependiente del instituto de Avilés. Como el conserje, un ex legionario malagueño,  lucía esas iniciales en su gorra de plato, las siglas pasaron a significar Cuidaó Lehionario Andalú. De Avilés venían los profesores a examinarnos a fin de curso y nosotros temblábamos ante aquellos extraños. Ir a Sama era salir de un mundo pequeño, ingresar en la modernidad de un gran instituto con cientos de estudiantes, disponer de laboratorios y de gimnasio y, sobre todo, ser evaluado por tus profesores. Era también tomar el tren cada mañana, comer fuera de casa, familiarizarse con otra gente. Era el primer paso hacia la emancipación. Sólo de pensarlo me convertía en Huckelberry Finn, río abajo también, porque el tren seguía el curso del Nalón.

Papá, allí aprenderé más. La mirada azul de mi padre, la mirada de acero, se atenuaba conmigo y viraba a la ensoñación. Creía en mí. El viejo revolucionario decía siempre (en voz baja y según a quien) que sólo la cultura nos haría libres. Se apretaría más aún el cinturón para pagar transporte y comida. «El tren sale a las ocho en punto. No lo pierdas, no pierdas clases, no me falles».

La Calle de Atrás  tiene forma de arco, arranca y muere en la carretera general, la cuerda del arco; nuestra casa venía a ser la empuñadura. La carretera, transformada en la calle más importante del pueblo, todavía no se llamaba Calle de la Libertad. Aquí desembocaba yo, cada mañana, a la altura de la Fuente de la Salud y volvía la vista a mi izquierda, si venía Don Ezequiel aminoraba la marcha y, a veces, hasta bebía un trago del agua ferruginosa de aquel manantial. No había prisa, el tren no saldría hasta que llegara Don Ezequiel. Y no es que gozara de algún privilegio, es que el tren salía a las ocho en punto y a Don Ezequiel siempre le sobraban diez o quince segundos. Algunos días, él acababa de pasar; yo aceleraba hasta ponerme unos cuantos metros por delante y acompasaba luego mi marcha a la suya volviendo de tanto en tanto la cabeza. Lo peor eran las mañanas de niebla cerrada cuando, sin referencia, corría como un poseso y llegaba a la estación sin alcanzarlo. Qué alivio entonces oír en el andén el resoplido impaciente de la locomotora y detenerme alzando la cara unos segundos para que la niebla, antes traidora y de nuevo aliada, refrescase mi rostro desencajado por la carrera. Fue uno de esos días cuando estuve a punto de arrollarlo. Cegado, más por la angustia de perder el tren que por la niebla, tuve que extender mi brazo en el último momento y usarlo como amortiguador flexionándolo contra su espalda. El leve empujón y el sobresalto que le produje hicieron que soltara el paquete que llevaba bajo el brazo. Cuando intenté recogerlo casi me lo arrancó de las manos. Fue un gesto brusco que duró décimas de segundo y, de inmediato, recuperó su habitual aire de educada serenidad.

—Tranquilo, chico, llegaremos a tiempo. ¿No tienes reloj, verdad?

—No, no tengo. Y  lo siento. Me refiero al empujón.

—¡Ah, bueno! Pensé que hablabas del reloj. No te preocupes, no tiene importancia. Ninguna de las   dos cosas — sonrió, y caminamos en silencio hasta el tren; me sentía bien. Cuando subía al vagón oí cómo el jefe de estación intercambiaba con él un diálogo que, con pocas variaciones, oiría repetirse a lo largo de aquellos dos años largos. «Cualquier día se queda en tierra, Don Ezequiel. Siempre en el filo de la navaja». Y la respuesta: «Ese día será porque usted se anticipe al dar la salida. O por fuerza mayor, que también cabe».

No recuerdo haber hablado con él nunca más. Se bajaba dos estaciones antes que yo para dar clases de filosofía en un instituto más cercano al que yo no quise ir; quizá porque no era mixto y me pareció que tampoco aquél, como el C.L.A., era un instituto de verdad.

No, no hablaba con él, pero nos saludábamos casi todos los días: de lejos con un gesto, cuando yo era el primero en el cruce, o con un buenos días cuando yo lo adelantaba con paso precipitado. De vez en cuando llevaba uno de esos misteriosos paquetes bajo el brazo izquierdo y, siempre, su cartera en la mano derecha.

Segundo, tercero y cuarto curso. A las ocho en punto. Niebla, nieve, lluvia, sol algunos días.  Noche aún durante el invierno. Pero a mí me gustaba aquel paseo de casa al tren sin faltar al compromiso, sin perder clases. La calle que baja a la estación abandona la carretera que, terca, se incrusta en la ladera del monte. La pronunciada cuesta se convierte en mirador sobre las vías que mueren aquí y sobre los prados y las huertas que ocupan la vega que se va estrechando. Un poco más abajo, el río choca con el monte del otro lado del valle y cambia furioso de dirección y cada año, con cada riada, su curso es distinto. Esa tierra de nadie, sembrada de cantos rodados, era ocupada al final de la primavera por inmigrantes del sur que retiraban las piedras y establecían minúsculas huertas con fecha de caducidad. Bajando aquella cuesta empezaba a pensar en el mundo que me rodeaba, a sentir que yo formaba parte de él, a hacerme preguntas sin respuesta clara. ¿Por qué antes de la tercera parada me atusaba el pelo con los dedos y esperaba nervioso el saludo de aquella niña de tercero? ¿Por qué a su sonrisa contestaba con un hola seco y volvía la vista hacia la ventanilla? Si el primero de mayo era la fiesta del trabajo ¿por qué las vísperas la policía tomaba las calles?

Aquel 30 de abril miré a derecha e izquierda sin lograr ver a Don Ezequiel y corrí hasta el tren sin encontrarlo. En el reloj de la estación faltaban dos minutos para las ocho: me había adelantado. Menudo carrerón, pensé y me quedé ante la puerta del vagón mirando hacia lo alto de la cuesta igual que el jefe de estación. Faltaban treinta segundos para las ocho y Don Ezequiel seguía sin aparecer. Hoy se queda en tierra, pensaba yo recordando la recurrente advertencia del jefe quien, por primera vez, renunció a su puntualidad hasta que a las ocho y cuarenta y cinco segundos me gritó: «Sube, chaval, que nos vamos». A las ocho y un minuto agitó la bandera roja y el tren se puso en marcha. Era jueves y, como al día siguiente era fiesta, el último madrugón de la semana.

 

El sábado, a primera hora de la tarde y con una inusual solemnidad, mi padre me entregó un pequeño paquete. Quien no tenga costumbre de recibir regalos entenderá mi excitación. A punto estuve de dejar caer el paquete durante la sencilla operación de desenvolverlo. Dentro había un estuche y en él un reloj de pulsera reluciente como yo nunca había visto. Tan contento estaba que enmudecí. Sonriendo, mi padre me ayudó a colocármelo en la muñeca mientras me decía: «Dale cuerda todas las noches, no lo olvides. Si lo cuidas, siempre podrás fiarte de él. Tiene buena hora, pero el lunes compárala con el de la estación». Pasé el resto del sábado contemplando sus agujas, las letras doradas de la marca Longines, acercándolo a mi oído para percibir el suave tictac, intentando sincronizar una cuenta mental con la marcha del segundero (aquella finísima manecilla), alejando el brazo izquierdo del cuerpo para observar su elegancia en mi muñeca. De pronto, me acordé de Don Ezequiel y la tristeza se apoderó de mí; durante largo rato me sentí como un traidor.

El lunes por la mañana salí de casa dispuesto a cronometrar el recorrido de acuerdo con unos hitos que consideré estratégicos. Así podría acomodar mi paso, en cada tramo, a las necesidades de cada día. Hasta El Danubio, el antiguo cine, dos minutos y medio, de allí a la Fuente de la Salud otros dos minutos. Medio minuto más hasta el fielato. Bajar la cuesta y alcanzar el andén minuto y medio. En total, seis minutos y medio a paso vivo y faltaban dos minutos para las ocho. Subí al tren y desde mi asiento esperé la aparición de Don Ezequiel. Concentrado en mi cronometraje no lo había echado de menos. Tampoco hoy llegaba, sin embargo el jefe de estación no miraba hacia la calle. Parecía ajeno a la puntualidad del profesor y aún así hasta las ocho y un minuto no dio la salida.

La noticia corría de boca en boca por todo el instituto: «Han detenido a un profesor de El Entrego con propaganda subversiva». Nadie supo dar su nombre ni cualquier otro dato. Yo estaba seguro de saber de quien se trataba pero preferí renunciar al protagonismo que, sin duda, habría cosechado. Las clases transcurrieron ese día sin más presencia mía que la puramente física. Durante el recreo, pegando la oreja a las conversaciones de los mayores, había escuchado muchas palabras que apenas conocía, que se pronunciaban en voz baja: dictadura, panfleto, socorro rojo, represión, socialismo, comunista, huelga, fascismo, resistencia, célula, coreana, revolución, tortura … Pero, ¿qué había detrás de las palabras, cómo concretar su significado? ¿Era Don Ezequiel un delincuente o un héroe? Me dolía la cabeza. Podía preguntar en casa pero algo me decía que no, que esas respuestas tendría que buscarlas uno mismo. Sólo tenía clara una cosa: el jefe de estación sabía lo que pasaba y el minuto de retraso en la salida tenía sentido.

Los días siguientes el tren salió a las ocho y un minuto. Yo me detenía junto al fielato esperando, guiado por mi reloj, para llegar a la estación a las ocho y cuarenta y cinco segundos. Con el pie en el estribo me volvía al jefe de la estación que, con un leve movimiento de cabeza, asentía y desenrollaba la banderita roja para dar la salida. Me enorgullecía aquella sensación de complicidad.

 

Con el uniforme, todos los jefes de estación parecen iguales. Si me hubiera fijado habría visto al extraño que hoy, el muy despreciable, daría puntualmente la salida. Pero bajaba la cuesta intentando adoptar un aire digno, como Don Ezequiel, hasta que el silbido de la locomotora me avisó. Corrí con todas mis fuerzas. En vano. ¿Qué habrá sido de nuestro jefe de estación?

Hoy he perdido el tren, papá, aunque he llegado a tiempo al instituto. No se va tan mal en el autobús y pasa un poco más tarde. Lo malo es que, si lees, te mareas. He ido hablando con un compañero que lo usa a diario y dice que han sacado un abono mensual para estudiantes que sale muy barato. Deberías enterarte, a lo mejor nos conviene. Mi padre, impasible, me taladraba con su mirada. A mí me gusta más el tren, ya sabes, pero tampoco podemos tirar el dinero. También la parada está mas cerca y oye, a esas horas, un minuto …

Mi padre me interrumpió:«Sí, un minuto puede ser muy importante. Tu mismo lo has visto hoy» No había reproche en el tono. Sentí claramente que no hablaba de puntualidad como yo no hablaba de ahorro. «No te preocupes. A partir de mañana vas en autobús y, para el próximo mes, ya miro yo lo del abono».

He vuelto a tomar ese tren muchas veces, me ha llevado a muchos sitios, pero nunca, nunca más a las ocho.

 

Nota: 2º Premio “Camilo José Cela”. Fundación de los Ferrocarriles Españoles. Madrid, 2004. http://www.lospremiosdeltren.es