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Inconfesable

Fotografía modificada del original de Flip Schulke, 1930-2008 U.S. National Archives’ Local Identifier: 412-DA-15935

Fotografía modificada del original de Flip Schulke, 1930-2008
U.S. National Archives’ Local Identifier: 412-DA-15935

La primera vez que me hice ateo tenía siete años. Sería hacia el mes de julio, dos meses después de hacer mi primera comunión. Pasé casi toda la noche en vela y cuando mi madre vino a despertarme se lo espeté: «Mamá, soy ateo». Abrió tanto los ojos que creí que se le escapaban.

Porque robar es pecado, ¿verdad? Eso es lo que hice la tarde anterior a la ceremonia que oficializa la mayoría de edad moral de los católicos. Me comí la última onza de chocolate, la de la merienda de mi hermano. ¡Y cómo lo negué luego! ¿Podría mi madre dudar ante aquella cara angelical?

Robé, mentí y recibí la comunión con el alma negra. No había ocasión de confesar ante Dios sin que se enterara mi familia. Confesaré mañana, pensé, pero tampoco lo hice y el sentimiento de culpa crecía paralelo a  la sensación de estar padeciendo una injusticia. Oía en mi cerebro las palabras del cura: «Comulgó en pecado y, en la comida, se atragantó con una espina de besugo y murió. Ahora, arde en el infierno. Acordaos para que no os ocurra igual».

Fueron muchos días negándome a comer pescado y noches de insomnio hasta que opté por la rebeldía: «Pues me hago ateo»

No recuerdo los detalles, pero mi madre me devolvió al orden establecido, aunque fuera temporalmente. Ahora, los trajes de primera comunión me parecen la mortaja de la inocencia