El puente

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Georges Pierre Seurat. Bañistas en Asnieres

Con los talones apoyados en el borde del puente y agarrado a la barandilla, las manos a mi espalda, contemplaba aterrado el panorama. Los bañistas se retiraban y desaparecían de la superficie del río las ondulaciones producidas por el chapoteo. El agua recuperaba su transparencia y las piedras del fondo casi habían alcanzado la superficie. Pero yo había apostado con mis amigos que la profundidad era suficiente para saltar de cabeza y que bastaba un poco de pericia. Con catorce años uno no puede echarse atrás, menos aún después de haber montado el espectáculo. Solté la barandilla justo en el momento que un amigo me gritaba que no me tirase; más que lanzarme, caí en picado. Atravesé la lámina de agua, las palmas de mis manos chocaron con las piedras, los brazos se doblaron y sentí un fuerte golpe en la cabeza. Salí a la superficie sólo con un chichón y una extraña euforia por sentirme vivo.

Alguien, cerca de mí, dijo: «Chaval, has vuelto a nacer.» Y era verdad, pero el fanfarrón que llevaba dentro quedó allí, en el río, debajo del puente

 

Nota: Publicado en “Prima Littera” Año VIII. Número 14. Primavera/Verano 2004. 

 

 

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