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Microrrelatos

Inconfesable

Fotografía modificada del original de Flip Schulke, 1930-2008 U.S. National Archives’ Local Identifier: 412-DA-15935

Fotografía modificada del original de Flip Schulke, 1930-2008
U.S. National Archives’ Local Identifier: 412-DA-15935

La primera vez que me hice ateo tenía siete años. Sería hacia el mes de julio, dos meses después de hacer mi primera comunión. Pasé casi toda la noche en vela y cuando mi madre vino a despertarme se lo espeté: «Mamá, soy ateo». Abrió tanto los ojos que creí que se le escapaban.

Porque robar es pecado, ¿verdad? Eso es lo que hice la tarde anterior a la ceremonia que oficializa la mayoría de edad moral de los católicos. Me comí la última onza de chocolate, la de la merienda de mi hermano. ¡Y cómo lo negué luego! ¿Podría mi madre dudar ante aquella cara angelical?

Robé, mentí y recibí la comunión con el alma negra. No había ocasión de confesar ante Dios sin que se enterara mi familia. Confesaré mañana, pensé, pero tampoco lo hice y el sentimiento de culpa crecía paralelo a  la sensación de estar padeciendo una injusticia. Oía en mi cerebro las palabras del cura: «Comulgó en pecado y, en la comida, se atragantó con una espina de besugo y murió. Ahora, arde en el infierno. Acordaos para que no os ocurra igual».

Fueron muchos días negándome a comer pescado y noches de insomnio hasta que opté por la rebeldía: «Pues me hago ateo»

No recuerdo los detalles, pero mi madre me devolvió al orden establecido, aunque fuera temporalmente. Ahora, los trajes de primera comunión me parecen la mortaja de la inocencia

 

El puente

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Georges Pierre Seurat. Bañistas en Asnieres

Con los talones apoyados en el borde del puente y agarrado a la barandilla, las manos a mi espalda, contemplaba aterrado el panorama. Los bañistas se retiraban y desaparecían de la superficie del río las ondulaciones producidas por el chapoteo. El agua recuperaba su transparencia y las piedras del fondo casi habían alcanzado la superficie. Pero yo había apostado con mis amigos que la profundidad era suficiente para saltar de cabeza y que bastaba un poco de pericia. Con catorce años uno no puede echarse atrás, menos aún después de haber montado el espectáculo. Solté la barandilla justo en el momento que un amigo me gritaba que no me tirase; más que lanzarme, caí en picado. Atravesé la lámina de agua, las palmas de mis manos chocaron con las piedras, los brazos se doblaron y sentí un fuerte golpe en la cabeza. Salí a la superficie sólo con un chichón y una extraña euforia por sentirme vivo.

Alguien, cerca de mí, dijo: «Chaval, has vuelto a nacer.» Y era verdad, pero el fanfarrón que llevaba dentro quedó allí, en el río, debajo del puente

 

Nota: Publicado en “Prima Littera” Año VIII. Número 14. Primavera/Verano 2004. 

 

 

Sólo un detalle

Foto: Javier Gamonal

Foto: Javier Gamonal

Cada mañana resultaba más difícil. Eran quince años de matrimonio, casi catorce de desengaño y más de cuatro de maltrato. Sus amigos la habrían olvidado, suponía. No le quedaban parientes próximos y sus relaciones sociales no pasaban de alguna conversación con la vecina, una broma con el carnicero o las quejas en la frutería por la continua subida de los tomates. O, peor aún, las salidas con su marido y sus amigotes para volver a casa harta de cañas, patatas bravas y fútbol. Todo lo demás, silencio o insultos.

También el despertador le gritaba todos los días, y se levantaba, y se veía en el espejo del dormitorio. Y, en el espejo, detrás, roncaba él, y los ronquidos le repetían: «Qué pálida estás, Maruja, y qué flaca. Cada día estás más fea.» Maruja, entonces, soñaba que él era un vampiro y que ella le clavaba una estaca en el corazón. Pero no, los vampiros no se reflejan en los espejos. No consta si roncan o no.

Cuando, por la tarde, llegó del trabajo, no tardó en darse cuenta de que no quedaba ningún espejo en toda la casa. Intentó que ella se lo explicara pero, terca y hosca, no le respondió ni cuando le partió la boca de un puñetazo.

Cuando se acostó, no sabía el motivo de la súbita desaparición de los espejos. Ni llegaría a saberlo nunca.

Nota: Publicado en la revista “Prima Littera” Año VIII. Número 14. Primavera/Verano 2004. 

 

Sin fumata

El Tíber, de Oregon State University Archives (Flickr)

El comandante de la Guardia Suiza nunca llegó a cruzar el umbral. Se lo impidió el camarlengo: «No es más que una indisposición, vuelva a dormir».

Se retiró pero no pudo descansar; recordaba el desasosiego en el rostro de la monja que salió de la cámara cuando él acudió, el gesto demasiado autoritario del camarlengo y, durante largo tiempo, sintió un inusual movimiento por los pasillos. No debo preocuparme, se decía, mis hombres me alertarán si es preciso.

Al amanecer, mucho más temprano que de costumbre, pasó por el cuerpo de guardia y examinó todas las incidencias de la noche: habían utilizado el Passetto di Borgo para traer un doctor. Después, como cada mañana, acudió a la misa papal. Su Santidad parecía totalmente recuperado y aquella voz que tanta bondad trasmitía fue calmando su corazón. Cuando se volvió y dijo «Ite missa est», sus ojos se cruzaron y el comandante no pudo evitar un escalofrío.

Nota: Este microrrelato fue el ganador del III Concurso de Microrrelatos de la IV edición de Getafe Negro, Festival de Novela Policiaca de Madrid (http://www.getafenegro.com/).